Ayer -jueves 26/06- salí del trabajo a las cinco en punto. La razón de ello era que quería llegar media hora después a la UCA para ver una obra de teatro, no que estuviera hastiado de mi trabajo. Pues bien, como actualmente estoy laborando en una institución que queda en las faldas del volcán -por no decir en sus ingles, de lo encummbrada que está-, a la hora antedicha me encontraba descendiendo la cuesta que la conecta con la civilización. Como es también la hora de salida de los obreros de unas construcciones aledañas que se están llevando a cabo -como si dicho coloso no se mantuviera activo todavía-, mi caminata fue acompasada por varias tripulaciones de trabajadores que también habían concluido su jornada y satisfechos se dirigían a la parada de buses. Hermoso espectáculo aquel se me hizo, acompañado de una ejemplar muestra de la fuerza laboral del país y con una amplia vista de San Salvador al frente copado de una bóveda de nubes grises. Excelente gratificación para toda una aburrida tarde ocupado en hacer una base de datos, medité.
No sabía lo que me esperaba. Mis exaltaciones a esos trabajadores explotados, verdadero motor de la economía, y a toda la fuerza laboral en general compuesta por personas sencillas y abnegadas, pronto se convertirían en injurias. Lo que en ese momento me hizo disfrutar de esa situación fue no saber que todos ellos también tomarían el bus que yo necesitaba abordar y que lo harían de una manera mucho más precipitada y brutal de lo que podía haber pensado. Lo que naturalmente me hizo esperar a que todos ellos subieran primero para, luego de cederle el paso a un par de señoras de avanzada edad que sufrieron la misma segregación que yo, finalmente proceder a abordar la unidad, con las complicaciones que un bus colmado de cristianos y un brazo inyesado suponen.
Mas no tuve mala fortuna. Pues al poco tiempo de acomodarme en un espacio vacío en la parte trasera del bus, en donde a nadie estorbara y nadie en su camino de salida me aprisionara contra una de las ventanillas..., una bondadosa señora me cedió su asiento. Era de esperarse: si tal cortesía iba a tomar lugar, ciertamente no iba a proceder de algún ejemplar de nuestro género, peor aún tomando en cuenta los presentes en aquel autobus. Pues bien, el punto es que pude tomar asiento y así no exponer mi integridad a los flagelos de los otros tripulantes ni mi codo a los empujones de los pasajeros salientes en su excabacion camino afuera. El bus se llenó tanto que aún el aire resultaba escaso. Pero no me podía quejar, pues era testigo de las calamidades que los de pie sufrían.
El mío se ubicaba sólo un par de asientos adelante de la puerta trasera de salida, por lo que no eran sino unos cuantos pasos los que me alejaban de la liberación cuando a mi destino arriváramos. Es fácil decirlo, pero la verdad fue que prácticamente tuve que desintegrarme para poder salir, y si en realidad no lo hice, así lo sentí, pues al componer afuera toda mi estructura de nuevo, me pareció que no contaba con todo lo que en un principio traía; algo de mí había quedado en ese trugulento éxodo. Yo pensé que solo habría sido mi buen humor, mi peinado y mi olor, pero: era otra cosa la que había extraviado entre mis compinches idolatrados.
Alguien había salido del trabajo y aún con todo lo extenuante que puede ser una jornada, ya sea en una obra de construcción o en cualquier otra labor, aún así, repito, tuvo la buena disposición de ver qué hurtaba en su camino de regreso a casa. Yo fui la víctima y mi celular, el secuestrado. Solo que en este secuestro no hubo negociación ni nada; de hecho, ni siquiera sentí en qué momento me lo quitaron; sólo sé en qué lapso de tiempo sucedió el atracó. Mis más sinceras felicitaciones al responsable de esta proeza: salir del trabajo cansado pero aún con la idea en mente, no de regresar a descansar en paz a casa, sino de ver qué daño se le hace a la gente y de estar pendiente de qué nuevo regalo se puede agenciar, vía préstamos no autorizados. Mi más honesto reconocimiento: yo no sería capaz de eso. Reconozco lo que otros tienen y no yo, y éste sujeto ciertamente tiene una muy buena disposición de carácter, para dedicar horas extras a esta estrategia de segundo ingreso y para además hacerlo enfrente de sus demás compañeros. Repito, mis respetos; además, no se puede sino elogiar semejante destreza en la vista y las manos; tal talento no es de cualquiera; seguramente requiere años de práctica.
Mi celular fue robado, sutil e intrepidamente robado. No deja de asombrarme la destreza del asaltante. Quisiera poder tener un video capturando sus movimientos para realmente poder disfrutarlo. No guardo ningún resentimiento. Me da pena por él, porque me tomé la molestia de bloquear no sólo el chip, sino que el celular en sí también, en base al número de serie del mismo y gracias a la tecnología GPS de la agencia telefónica. Por lo que dudo que pueda usarlo y aunque encuentre la manera de usarlo, de seguro tendrá que dar primero más vueltas que las que yo daré para sustituirlo. En todo caso podrá hacer uso de la función de Walkman, pero en el Memory Stick con que la misma funciona solo guardaba tres álbumes de Jack Johnson, cantautor del que dudo guste y siquiera conozca, con el agravante de que para cambiarlos por otro contenido, tendrá que conseguirse el cd de instalación y una computadora con una RAM suficiente para brindar una buena tasa de transferiencia y poder hacer correr el programa. Muy buena suerte, mi amigo! Recuerde nunca perder la paciencia.
Como les digo, no guardo ningún rencor. Aunque en aquel momento no pude evitar sentirme un poco afectado. Más que todo porque, tras todo esto, al final no pude llegar a tiempo a la obra de teatro por la que había planeado salir tan apresurado; peor aún, no llegué siquiera al lugar de la presentación, pues la lluvia me atrapó sin paraguas en mano y sin nadie que me diera rai con el suyo a mi lugar de destino. Tuve que pasar más o menos una hora y más o menos malhumorado viendo la lluvia caer bajo un techo. Creánme que, para entonces, no eran precisamente elogios los que les dedicaba al grupo de obreros (y al proletariado en general, por extensión de parte de mi frustración) que colmaron el bus en la parada a la que yo me aveciné, uno de quienes sin duda alguna habría sido el responsable de la perversa maniobra, por no haber más variedad de personas al momento del hecho. Pero fue gracias a ese momento de obligada relfexión lo que me hizo cambiar de parecer acerca de la situación.
A mí me encanta la lluvia; en serio, simple y sencillamente, la adoro. Tanto es así, que cuando se precipita una, dejo de hacer todo lo que estoy haciendo para dedicarme por completo a contemplarla, con mis ojos, con mi nariz, con mis oídos, con mi tacto y con mi ánimo también, que igual se ve sosegado como los otros sentidos. Me agrada y relaja tanto, que dispongo todos mi ser a disfrutarla, como cuando uno se entrega con todos los sentidos a la degustación de un buen plato y al poco rato se ve absorto en esta experiencia. Igual me pasa con la lluvia: cuando estoy entero allí por ella, se filtra a todo mi universo de significados y todo se ve renovado con respladesciente frescura.
Sin embargo, en esta ocasión no la disfrutaba, a pesar de estarnos envolviendo una formidable tormenta crepuescular. ¿Qué me pasa?, no pude evitar preguntarme. Esto no puede estar pasando; yo no puedo dejar que esto me pase, pensé. Dejarme amargar la vida solo por un simple hurto del cual ni siquiera me percaté sino hasta momentos más tarde. No puede ser; y dejar que este miserable incidente me prive de disfrutar las cosas que yo amo y de vivir mi vida con buen ánimo, todo por culpa de un insignificante lumpen que fragua su alegría en lo que le pueda quitar a los demás y no producir o procrear por sí mismo. ¡Jamás! Que se amargue él cuando haya pasado su agridulce, efímera, traicionera e ignomiosa victoria. Yo vivo de otras cosas. Como de la lluvia, por ejemplo.
Me relajé, me bien dispusé a disfrutar del aguacero y media vez éste pasó a descansar con una brisa, levanté mi ánimo y mi cuerpo y me dirigí a Del Arco, un barcito universitario aledaño. Pedí una cerveza y me senté en un bonita mesa a la par de una ventana, para disfrutar de las últimas gotas de agua que todavía se desplomaban. Así es como me debo de comportar y debo asimilarr las contrariedades que se me presenten, sentencié.
Luego, tuve una plática amistosa con alguien de por allí y me fui. Y en mi regresó a casa, a través de una autopista gélida y desolada, el autobus parecía patinar sobre hielo o danzar más bien, sorteando uno, dos, tres carros como quien menea sus caderas y gira y da elegantes vuelteratas al ritmo de una inspiradora melodia. He aquí la corona de mi triunfo, mi triunfo sobre la amargura y el pesimismo, alegremente reflexioné.
Por lo demás, ya he dejado de idealizar tanto a los que componen la base del motor de la economía salvadoreña; de verlos casi como santos trabajadores, ahora los considero simplemente trabajadores con ilusiones, necesidades y debilidades como todos los demás. A ver cómo nos la ingeniamos para convivir en paz.
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2 comentarios:
Jack Johnson rulz! A lo mejor hiciste una buena obra instruyendo musicalmente a alguien...
hola como estas muy buena entrada al blog no te olvides de visitar mi blog tambien
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