miércoles, 11 de julio de 2007

Comunicándome con mi sobrinito

No me gusta hablar con mi sobrino. Me gusta pasarla con él pero no hablarle; aunque sí comunicándome, más no como con los demás, con palabras y articuladamente, sino que con signos y un lenguaje más básico. Grito, exclamo y hasta aullo roncamente, pero no hablo.


Estoy harto de hablar con todos los demás. Siempre hablando; siempre usando palabras, y no cualesquiera palabras, sino las correctas y adecuadas para cada estructura gramatical y ocasión. Ya he tenido suficiente de eso. Y qué bien que la manera de hablar nuestra fuera precisa y elaborada, o bien amena y colorida, pero nada que ver: más bien se me hace simplón, aburrido y escueto, nada alegre y travieso; hay poca sazón en la sopa de frases y palabras con las que solemos comunicarnos cada día.


La única excepción era la gente de campo y personajes de espíritu sonriente, pero ya el qué dirán de los demás y los medios de comunicación se han ocupado de discriminarlos y callarlos. Ahora un sólo sabor se impone en las lenguas de todos, un sabor dado por un dulce mentol y no por nuestra voz interior.


Antes, en el hablar se creaba, se paría y se críaba, hasta que las palabras, ya con sus propias patitas, se independizaban y se iban a las calles. Si regresaban a uno era porque habían sido aceptadas. La boca permanecía más tiempo cerrada para que la lengua sirviera de pista de baile donde las frases a ritmo de salsa se conformaran y salieran con nuevas ropas y coreografías gramaticales. Hoy las palabras se nos salen cual ejército en renegada marcha...


El lenguaje ha perdido su libertad silvestre; hoy se le poda regularmente con las cotas de la etiqueta y la homogeneidad.



A que me digan "¡Hey!, ¿qué tal?!, ¿cómo te ha ido?", pudiéndome decir algo como "¡Hey!, ¿cómo te saludaron este día los pájaros?", prefiero los gritos de mi sobrinito. Entre las miradas opacas, las frentes de montaña y las caras de puño, y la exploción y expansión del universo facial de mi sobrino que cual si fuera un Big Bang se detona al verme entrar, adivine con cuál interlocutor me quedo... Hipocresía y enmascaramiento, o espontaneidad y franqueza; interés y estrategia, o pura emotividad y necesidad; palabras predicibles y frases repetidas, caras derretidas y lenguas holgazanas, miradas perdidas y un ánimo en huelga, no tienen comparación alguna con un grito genuino de vida, un grito que es alegría, santa saliba que lo chispeas todo de color, órgano vocal que solo notas de vigorosidad dejas escapar.


Digo ¡Ah!, y él responde con otro ¡Ah!, más alto y largo. Digo ¡Oh! para que venga acá, y agita las manos, le pega a lo que esté enfrente y reclama con un ¡Eh! corto pero impositivo. Le digo ¡Ay! y ya se dispone a descomponer mi exclamación en todos los tonos que su garganta le dé y significados que su imaginación le permita.


Conmigo no va a aprender a hablar, eso está claro. No me pueden culpar. Después de todo, no es mi responsabilidad.

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