jueves, 19 de julio de 2007

Ojos maravillosos

El otro día tuve que ir a una de las agencias de una de las empresas de telefonía celular en el país para tramitar un seguro. Lo tenía que hacer pues hace un tiempo me robaron el celular y como parte del plan que estaba pagando por tenerlo, se incluía un seguro por hurto. Así es cómo, con la esperanza de que mi pequeño celular me fuera sustituido o bien cambiado por uno equivalente, me acerqué a la tal agencia después de una larga jornada de trabajo.

Ya en la agencia, me doy cuenta que el agente que me atendió la vez pasada y que me puso en una lista de espera para aguardar por la llegada del modelo que requería, o bien de uno similar, que dicho agente, al percatarse de mi presencia, se dispuso a alistarse para irse no más despachara al cliente que estaba atendiendo cuando yo llegué, a sabiendas de que a mí me tocaba el próximo turno. Desde entonces presagié una mala noticia.

Y no estaba equivocado. Efectivamente, ni un modelo equivalente ni mucho menos mi mismo modelo de celular había aún en existencia. Lo que me enfureció porque en el contrato que firmé para contratar dicho plan, claramente decía que, en caso de robo, daño o pérdida del celular asignado, se le reparará o restituirá por uno igual o similar al contratante. Pero ahora sucede que a la hora de la verdad, no cuentan ni con el mismo modelo ni con uno similar. Por lo que lo establecido en el contrato termina siendo un engaño.

Ahora bien, mi enfurecimiento fue puramente intelectual de cara a esta transnacional encargada de brindarme mi servicio de celular, no actitudinal. Sin embargo, creo haber dejado escapar una que otra frase cínica y una que otra actitud de irritación, aunque tal vez no fuera completamente consciente de las mismas al momento.

Pero eso no interesa. Aquí viene lo que realmente quería narrar en este post.

Pues sucede que la dependiente que me estaba atendiendo, no reaccionó defensivamente ante las querellas que le estaba presentando, como suele suceder, sino que al contrario de eso, recibía mis señalamientos con unos ojitos cristalinos e indulgentes que simple y sencillamente me destrozaron el corazón. La ternura y sabiduría con que respondió a mis quejas simplemente desmantelaron todo el aparato inquisitivo que en ese momento estaba desplegando. Se desplomó en picada mi ánimo, mi agresividad, por más tímida que ésta estuviera comportándose en aquel instante.

¡Qué ojos más tiernos tienes! ¡Méceme en ellos por toda la eternidad, hasta que ya no sepa qué es la maldad! ¡Quiero perderme en tus pupilas y navegar por el universo de su ternura hasta encontrar la alquimia que las hace tanto fulgurar! ¡Oh, Santa dependiente, sálvame de toda esta brutalidad!


La cierto es que no supe reaccionar. Mejor decidí dejar de exponer mis puntos de vista y retirarme, cabizbajo y sin saber cómo mirarla, cómo tratarla. Con mis palabras de despedida, torpemente intenté hacerle saber que no fue mi intención haber sido tan obstinado y agresivo; que no fue mi intención haberle hecho mala cara ni desafiarla; que tiene que entender que esa es la manera en que el sistema nos induce a reaccionar para salir adelante.

No sé si habrá tenido la suficiente intuición para percatarse de está débil señal de reivindicación que lancé. No sé cómo habría yo de reaccionar de aquí en adelante ante una situación similar.

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