domingo, 1 de julio de 2007

El tráfico de San Salvador

Un día de estos, después del trabajo, como a eso de las seis, me encontraba caminando por las afueras de metrocentro, sobre una acera por donde onduleantes hormigueaban cientos de personas alrededor mío. Yo andaba tranquilo, puedo decirlo. Pero no dejó de arrebatarme la atención el caos vehicular que a la par mía llameaba. Era tan estruendoso todo aquel candor, tanta la furia metálica desencadenada y la ansiedad en las pobres almas presas de tal estupor, entrelazadas todas cual maraña de serpientes en brutal pelea por el espacio y el poder, en la cueva que compone la grisásea bóveda de esta ciudad sangrienta. Cómo no, pensé, no les queda más que vociferar con sus fauces y sus bocinas. Ya entiendo porqué se me hacía tan macabro aquel espectáculo. Me sentía tan extraño a ellos, tan distante de la rabia que los enardecía, que por un momento se me aparecieron como animales enjaulados dementes y desesperados a punto del colpaso, con las órbitas de sus ojos trastabillando al igual que sus cuerpos enajenados. ¡Hay que soltarlos!, sorteé. Se tienen que soltar a sí mismos, más bien, y liberarse y sentirse libres al menos por unos instantes. Qué bien que ahora yo sepa relajarme.

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