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martes, 28 de octubre de 2008
jueves, 19 de julio de 2007
Ojos maravillosos
El otro día tuve que ir a una de las agencias de una de las empresas de telefonía celular en el país para tramitar un seguro. Lo tenía que hacer pues hace un tiempo me robaron el celular y como parte del plan que estaba pagando por tenerlo, se incluía un seguro por hurto. Así es cómo, con la esperanza de que mi pequeño celular me fuera sustituido o bien cambiado por uno equivalente, me acerqué a la tal agencia después de una larga jornada de trabajo.
Ya en la agencia, me doy cuenta que el agente que me atendió la vez pasada y que me puso en una lista de espera para aguardar por la llegada del modelo que requería, o bien de uno similar, que dicho agente, al percatarse de mi presencia, se dispuso a alistarse para irse no más despachara al cliente que estaba atendiendo cuando yo llegué, a sabiendas de que a mí me tocaba el próximo turno. Desde entonces presagié una mala noticia.
Y no estaba equivocado. Efectivamente, ni un modelo equivalente ni mucho menos mi mismo modelo de celular había aún en existencia. Lo que me enfureció porque en el contrato que firmé para contratar dicho plan, claramente decía que, en caso de robo, daño o pérdida del celular asignado, se le reparará o restituirá por uno igual o similar al contratante. Pero ahora sucede que a la hora de la verdad, no cuentan ni con el mismo modelo ni con uno similar. Por lo que lo establecido en el contrato termina siendo un engaño.
Ahora bien, mi enfurecimiento fue puramente intelectual de cara a esta transnacional encargada de brindarme mi servicio de celular, no actitudinal. Sin embargo, creo haber dejado escapar una que otra frase cínica y una que otra actitud de irritación, aunque tal vez no fuera completamente consciente de las mismas al momento.
Pero eso no interesa. Aquí viene lo que realmente quería narrar en este post.
Pues sucede que la dependiente que me estaba atendiendo, no reaccionó defensivamente ante las querellas que le estaba presentando, como suele suceder, sino que al contrario de eso, recibía mis señalamientos con unos ojitos cristalinos e indulgentes que simple y sencillamente me destrozaron el corazón. La ternura y sabiduría con que respondió a mis quejas simplemente desmantelaron todo el aparato inquisitivo que en ese momento estaba desplegando. Se desplomó en picada mi ánimo, mi agresividad, por más tímida que ésta estuviera comportándose en aquel instante.
La cierto es que no supe reaccionar. Mejor decidí dejar de exponer mis puntos de vista y retirarme, cabizbajo y sin saber cómo mirarla, cómo tratarla. Con mis palabras de despedida, torpemente intenté hacerle saber que no fue mi intención haber sido tan obstinado y agresivo; que no fue mi intención haberle hecho mala cara ni desafiarla; que tiene que entender que esa es la manera en que el sistema nos induce a reaccionar para salir adelante.
No sé si habrá tenido la suficiente intuición para percatarse de está débil señal de reivindicación que lancé. No sé cómo habría yo de reaccionar de aquí en adelante ante una situación similar.
Ya en la agencia, me doy cuenta que el agente que me atendió la vez pasada y que me puso en una lista de espera para aguardar por la llegada del modelo que requería, o bien de uno similar, que dicho agente, al percatarse de mi presencia, se dispuso a alistarse para irse no más despachara al cliente que estaba atendiendo cuando yo llegué, a sabiendas de que a mí me tocaba el próximo turno. Desde entonces presagié una mala noticia.
Y no estaba equivocado. Efectivamente, ni un modelo equivalente ni mucho menos mi mismo modelo de celular había aún en existencia. Lo que me enfureció porque en el contrato que firmé para contratar dicho plan, claramente decía que, en caso de robo, daño o pérdida del celular asignado, se le reparará o restituirá por uno igual o similar al contratante. Pero ahora sucede que a la hora de la verdad, no cuentan ni con el mismo modelo ni con uno similar. Por lo que lo establecido en el contrato termina siendo un engaño.
Ahora bien, mi enfurecimiento fue puramente intelectual de cara a esta transnacional encargada de brindarme mi servicio de celular, no actitudinal. Sin embargo, creo haber dejado escapar una que otra frase cínica y una que otra actitud de irritación, aunque tal vez no fuera completamente consciente de las mismas al momento.
Pero eso no interesa. Aquí viene lo que realmente quería narrar en este post.
Pues sucede que la dependiente que me estaba atendiendo, no reaccionó defensivamente ante las querellas que le estaba presentando, como suele suceder, sino que al contrario de eso, recibía mis señalamientos con unos ojitos cristalinos e indulgentes que simple y sencillamente me destrozaron el corazón. La ternura y sabiduría con que respondió a mis quejas simplemente desmantelaron todo el aparato inquisitivo que en ese momento estaba desplegando. Se desplomó en picada mi ánimo, mi agresividad, por más tímida que ésta estuviera comportándose en aquel instante.
¡Qué ojos más tiernos tienes! ¡Méceme en ellos por toda la eternidad, hasta que ya no sepa qué es la maldad! ¡Quiero perderme en tus pupilas y navegar por el universo de su ternura hasta encontrar la alquimia que las hace tanto fulgurar! ¡Oh, Santa dependiente, sálvame de toda esta brutalidad!
La cierto es que no supe reaccionar. Mejor decidí dejar de exponer mis puntos de vista y retirarme, cabizbajo y sin saber cómo mirarla, cómo tratarla. Con mis palabras de despedida, torpemente intenté hacerle saber que no fue mi intención haber sido tan obstinado y agresivo; que no fue mi intención haberle hecho mala cara ni desafiarla; que tiene que entender que esa es la manera en que el sistema nos induce a reaccionar para salir adelante.
No sé si habrá tenido la suficiente intuición para percatarse de está débil señal de reivindicación que lancé. No sé cómo habría yo de reaccionar de aquí en adelante ante una situación similar.
martes, 17 de julio de 2007
Don Julio
En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones. Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural.
Mi comentario:
De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse .
Y no me apena porque sé que,
El hombre tarda dos años en aprender a hablar. Y el resto de su vida para aprender a callar.
P. D.
Don Julio: No puedo dejar de pensar en la idea de lo mucho que me hubiera gustado charlar con Ud.
El Destino de las explicaciones/Un tal Lucas/ Julio Cortazar
Mi comentario:
De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse .
Tractatus Logico-Philisophicus/Ludwig Wittgenstein
Y no me apena porque sé que,
El hombre tarda dos años en aprender a hablar. Y el resto de su vida para aprender a callar.
/Anónimo
P. D.
Don Julio: No puedo dejar de pensar en la idea de lo mucho que me hubiera gustado charlar con Ud.
Todo un centro logístico de operaciones
Me gusta mi trabajo. Pero no tanto como para quedarme en la oficina para almorzar. Media vez tengo la oportunidad de salir de mi tugurio, no la desaprovecho. Más aún cuando ya he pasado unas cuantas horas laborando.
Bajo del peldaño encrespado en que se encuentra mi lugar de trabajo a buscar un buen plato de comida qué degustar. La comida rápida solo la soporto una vez por semana, y como por los alrededores no hay mayor oferta culinaria, de antemano salgo con la idea de buscar un buen comedor popular. Además, mis arcas financieras no me dan para más…
Pregunto qué hay de comer, pido un plato y tomo asiento. Nada raro hasta ahí, ¿eh? Más bien aburrido y ordinario suena todo esto, ¿no? Pero es que no fueron como yo testigos de todo el despliegue logístico y operativo que en aquel pequeño comedor se desarrollaba.
Antes que nada, permítaseme aclarar que no se trata de un espacio de más de 4 x 4 metros con el que el mismo contaba. A pesar de haberlo visto con mis propios ojos, todavía no me figuro cómo en ese pequeño negocio hicieron caber dos mesas anchas para comer, una cocina a la par de una plancha para echar tortillas, luego también un refrigerador y estantes a todo lo alrededor forrando las dos paredes hábiles de aquella champita, que al lado poniente contaba con una amplia ventana para dejar escapar el humo de la plancha y en el norte, con una puerta a modo de portón con la que se abría o clausuraba todo el acceso por ese lado.
El comedorcito, todo arrejuntado y comprimido cual cesta de ropa sucia sobrecargada, era dirigido por una hermosa doña de amplias caderas y espalda corpulenta; gordita y colorida cual una artesanía de La Palma; alegre y lúcida como una sabia abuelita; tenaz y fuerte como un roble. Toda una fortaleza humana, una verdadera pirámide de cualidades, con jeroglíficos y tesoros pintados y colgando de un delantal, toda ella coronada por una cabecita chiquita y redonda, alisada por una frente llana y un pelo de riachuelo enmarañado por atrás, que cual esfinge parece no cansarse de mirar de frente al sol y a la luna.
Pues bien, esta bella señora, modelo perdida de Gotero, era todo un pulpo mental. A la vez que estaba pendiente de que se friera bien el pollo empanizado, no se le escapaba de la atención de que Don Luis quería un vaso más de fresco, pero sin dejar de escuchar de que el antojo del aquel otro exigía un poco de más sal para su gozo, todo mientras empacaba unos pedidos para llevar, sin descuidar de que a cada uno le faltara sus respectivas tortillas, y de que a Carmen no le pusieran ensalada y de que Jorge quería una porción extra de queso, y, claro está, restregándose las manos de vez en cuando en su infinito delantal para cobrar. Si no fuera por un par de gotas de sudor que se corretean por sus sienes, nadie notaría todo el ajetreo logístico que está bajo su mando.
Qué serenidad en medio del caos; qué porte frente a la urgencia; qué chispa para despachar tantos pendientes.
Ver desenvolverse a esa señora me ha sorprendido más de lo que pudiera hacerlo alguien que consiga un millonario convenio, u otro que coordine un magno evento, o aquel que gestione un tratado comercial de amplio alcance.
Es increíble la creatividad que el salvadoreño demuestra para sacar adelante sus iniciativas económicas, sus diminutos negocios de acera y esquina, sus puestesitos a la vuelta de las oficinas y sus cestos con maravillas escondidas. No en cualquier país se ve transformar un simple paso peatonal en el sustento de toda una familia abandonada por un cínico y libidinoso machista. Tortilla a tortilla, pupusa a pupusa y mango por mango, estas increíbles doñas han sido por años las hadas madrinas de miles de muchachos y muchachas que ahora son buenos ciudadanos y profesionales.
Son las reinas de la abstinencia; son las reinas de la dedicación; son las reinas de la superación; son las reinas de mi corazón.
Bajo del peldaño encrespado en que se encuentra mi lugar de trabajo a buscar un buen plato de comida qué degustar. La comida rápida solo la soporto una vez por semana, y como por los alrededores no hay mayor oferta culinaria, de antemano salgo con la idea de buscar un buen comedor popular. Además, mis arcas financieras no me dan para más…
Pregunto qué hay de comer, pido un plato y tomo asiento. Nada raro hasta ahí, ¿eh? Más bien aburrido y ordinario suena todo esto, ¿no? Pero es que no fueron como yo testigos de todo el despliegue logístico y operativo que en aquel pequeño comedor se desarrollaba.
Antes que nada, permítaseme aclarar que no se trata de un espacio de más de 4 x 4 metros con el que el mismo contaba. A pesar de haberlo visto con mis propios ojos, todavía no me figuro cómo en ese pequeño negocio hicieron caber dos mesas anchas para comer, una cocina a la par de una plancha para echar tortillas, luego también un refrigerador y estantes a todo lo alrededor forrando las dos paredes hábiles de aquella champita, que al lado poniente contaba con una amplia ventana para dejar escapar el humo de la plancha y en el norte, con una puerta a modo de portón con la que se abría o clausuraba todo el acceso por ese lado.
El comedorcito, todo arrejuntado y comprimido cual cesta de ropa sucia sobrecargada, era dirigido por una hermosa doña de amplias caderas y espalda corpulenta; gordita y colorida cual una artesanía de La Palma; alegre y lúcida como una sabia abuelita; tenaz y fuerte como un roble. Toda una fortaleza humana, una verdadera pirámide de cualidades, con jeroglíficos y tesoros pintados y colgando de un delantal, toda ella coronada por una cabecita chiquita y redonda, alisada por una frente llana y un pelo de riachuelo enmarañado por atrás, que cual esfinge parece no cansarse de mirar de frente al sol y a la luna.
Pues bien, esta bella señora, modelo perdida de Gotero, era todo un pulpo mental. A la vez que estaba pendiente de que se friera bien el pollo empanizado, no se le escapaba de la atención de que Don Luis quería un vaso más de fresco, pero sin dejar de escuchar de que el antojo del aquel otro exigía un poco de más sal para su gozo, todo mientras empacaba unos pedidos para llevar, sin descuidar de que a cada uno le faltara sus respectivas tortillas, y de que a Carmen no le pusieran ensalada y de que Jorge quería una porción extra de queso, y, claro está, restregándose las manos de vez en cuando en su infinito delantal para cobrar. Si no fuera por un par de gotas de sudor que se corretean por sus sienes, nadie notaría todo el ajetreo logístico que está bajo su mando.
Qué serenidad en medio del caos; qué porte frente a la urgencia; qué chispa para despachar tantos pendientes.
Ver desenvolverse a esa señora me ha sorprendido más de lo que pudiera hacerlo alguien que consiga un millonario convenio, u otro que coordine un magno evento, o aquel que gestione un tratado comercial de amplio alcance.
Es increíble la creatividad que el salvadoreño demuestra para sacar adelante sus iniciativas económicas, sus diminutos negocios de acera y esquina, sus puestesitos a la vuelta de las oficinas y sus cestos con maravillas escondidas. No en cualquier país se ve transformar un simple paso peatonal en el sustento de toda una familia abandonada por un cínico y libidinoso machista. Tortilla a tortilla, pupusa a pupusa y mango por mango, estas increíbles doñas han sido por años las hadas madrinas de miles de muchachos y muchachas que ahora son buenos ciudadanos y profesionales.
Son las reinas de la abstinencia; son las reinas de la dedicación; son las reinas de la superación; son las reinas de mi corazón.
miércoles, 11 de julio de 2007
Comunicándome con mi sobrinito
No me gusta hablar con mi sobrino. Me gusta pasarla con él pero no hablarle; aunque sí comunicándome, más no como con los demás, con palabras y articuladamente, sino que con signos y un lenguaje más básico. Grito, exclamo y hasta aullo roncamente, pero no hablo.
Estoy harto de hablar con todos los demás. Siempre hablando; siempre usando palabras, y no cualesquiera palabras, sino las correctas y adecuadas para cada estructura gramatical y ocasión. Ya he tenido suficiente de eso. Y qué bien que la manera de hablar nuestra fuera precisa y elaborada, o bien amena y colorida, pero nada que ver: más bien se me hace simplón, aburrido y escueto, nada alegre y travieso; hay poca sazón en la sopa de frases y palabras con las que solemos comunicarnos cada día.
La única excepción era la gente de campo y personajes de espíritu sonriente, pero ya el qué dirán de los demás y los medios de comunicación se han ocupado de discriminarlos y callarlos. Ahora un sólo sabor se impone en las lenguas de todos, un sabor dado por un dulce mentol y no por nuestra voz interior.
Antes, en el hablar se creaba, se paría y se críaba, hasta que las palabras, ya con sus propias patitas, se independizaban y se iban a las calles. Si regresaban a uno era porque habían sido aceptadas. La boca permanecía más tiempo cerrada para que la lengua sirviera de pista de baile donde las frases a ritmo de salsa se conformaran y salieran con nuevas ropas y coreografías gramaticales. Hoy las palabras se nos salen cual ejército en renegada marcha...
A que me digan "¡Hey!, ¿qué tal?!, ¿cómo te ha ido?", pudiéndome decir algo como "¡Hey!, ¿cómo te saludaron este día los pájaros?", prefiero los gritos de mi sobrinito. Entre las miradas opacas, las frentes de montaña y las caras de puño, y la exploción y expansión del universo facial de mi sobrino que cual si fuera un Big Bang se detona al verme entrar, adivine con cuál interlocutor me quedo... Hipocresía y enmascaramiento, o espontaneidad y franqueza; interés y estrategia, o pura emotividad y necesidad; palabras predicibles y frases repetidas, caras derretidas y lenguas holgazanas, miradas perdidas y un ánimo en huelga, no tienen comparación alguna con un grito genuino de vida, un grito que es alegría, santa saliba que lo chispeas todo de color, órgano vocal que solo notas de vigorosidad dejas escapar.
Digo ¡Ah!, y él responde con otro ¡Ah!, más alto y largo. Digo ¡Oh! para que venga acá, y agita las manos, le pega a lo que esté enfrente y reclama con un ¡Eh! corto pero impositivo. Le digo ¡Ay! y ya se dispone a descomponer mi exclamación en todos los tonos que su garganta le dé y significados que su imaginación le permita.
Conmigo no va a aprender a hablar, eso está claro. No me pueden culpar. Después de todo, no es mi responsabilidad.
Estoy harto de hablar con todos los demás. Siempre hablando; siempre usando palabras, y no cualesquiera palabras, sino las correctas y adecuadas para cada estructura gramatical y ocasión. Ya he tenido suficiente de eso. Y qué bien que la manera de hablar nuestra fuera precisa y elaborada, o bien amena y colorida, pero nada que ver: más bien se me hace simplón, aburrido y escueto, nada alegre y travieso; hay poca sazón en la sopa de frases y palabras con las que solemos comunicarnos cada día.
La única excepción era la gente de campo y personajes de espíritu sonriente, pero ya el qué dirán de los demás y los medios de comunicación se han ocupado de discriminarlos y callarlos. Ahora un sólo sabor se impone en las lenguas de todos, un sabor dado por un dulce mentol y no por nuestra voz interior.
Antes, en el hablar se creaba, se paría y se críaba, hasta que las palabras, ya con sus propias patitas, se independizaban y se iban a las calles. Si regresaban a uno era porque habían sido aceptadas. La boca permanecía más tiempo cerrada para que la lengua sirviera de pista de baile donde las frases a ritmo de salsa se conformaran y salieran con nuevas ropas y coreografías gramaticales. Hoy las palabras se nos salen cual ejército en renegada marcha...
El lenguaje ha perdido su libertad silvestre; hoy se le poda regularmente con las cotas de la etiqueta y la homogeneidad.
A que me digan "¡Hey!, ¿qué tal?!, ¿cómo te ha ido?", pudiéndome decir algo como "¡Hey!, ¿cómo te saludaron este día los pájaros?", prefiero los gritos de mi sobrinito. Entre las miradas opacas, las frentes de montaña y las caras de puño, y la exploción y expansión del universo facial de mi sobrino que cual si fuera un Big Bang se detona al verme entrar, adivine con cuál interlocutor me quedo... Hipocresía y enmascaramiento, o espontaneidad y franqueza; interés y estrategia, o pura emotividad y necesidad; palabras predicibles y frases repetidas, caras derretidas y lenguas holgazanas, miradas perdidas y un ánimo en huelga, no tienen comparación alguna con un grito genuino de vida, un grito que es alegría, santa saliba que lo chispeas todo de color, órgano vocal que solo notas de vigorosidad dejas escapar.
Digo ¡Ah!, y él responde con otro ¡Ah!, más alto y largo. Digo ¡Oh! para que venga acá, y agita las manos, le pega a lo que esté enfrente y reclama con un ¡Eh! corto pero impositivo. Le digo ¡Ay! y ya se dispone a descomponer mi exclamación en todos los tonos que su garganta le dé y significados que su imaginación le permita.
Conmigo no va a aprender a hablar, eso está claro. No me pueden culpar. Después de todo, no es mi responsabilidad.
sábado, 7 de julio de 2007
Le cedí un asiento a un travesti
Me corrí en el asiento para que se pudira sentar un travesti. Quedé a la par de la ventanilla, con las piernas recogidas por la altura del túmulo que onduleaba una de las llantas traseras (incomodidad por la que al principio me hallaba a un lado del corredor) y con las miradas de la mitad de los tripulantes acediándome.
Lo vi parado, solitario y en desafiante actitud ante el morbo de todos los demás, y dije: ¿por qué no correrme a un lado para cederle un asiento? Me importa un bledo lo que vayan a pensar los que me rodean -de seguro la crema innata de la sociedad-; ¡yo quiero hacerlo!
Y justo, al instante todas las miradas se revirtieron hacia -ahora- nuestro asiento. ¡Qué me estorban ciertas personas en este país! Y, créanme, que en este caso no era el que estaba a mi lado sino los que miraban discriminándome, o mejor dicho, discriminándonos, lo que me estorbaban.
Me rebota la actitud de ciertga gente ignorante. Sinceramente, me estorban. ¿por qué no se hacen un bulto y se acomodan en otra parte, por ejemplo, en un época distante donde todavía sea la Igleia la que dictamine el orden en la sociedad (aparentemente reflejo del orden en el cielo... ¡A mí que me decomisen mi boleto de viaje ahí!) y el ambiente era oscuro y mohoso?
Por veces, siento que no solo vivo en un país donde coexisten dos países diferentes a la vez, un país de color blur y un país de color tortilla, sino también dos épocas diferentes, la época de "conmigo o contra mí" y la época de "Entre amigos".
¿Hasta cuando seremos libres y dejaremos de fijarnos en el color, la raza, el credo y todo lo demás que esta trillada frase dice y todos saben pero que pocos siguen? Por veces es bueno preguntárse qué tantos fantasmas y esquemas acarrea uno. Por veces es bueno depurar nuestra equipaje de viaje. Por veces es bueno caminar sin tanto equipaje.
Me corrí en el asiento para que se pudira sentar un travesti. Quedé a la par de la ventanilla, con las piernas recogidas por la altura del túmulo que onduleaba una de las llantas traseras (incomodidad por la que al principio me hallaba a un lado del corredor) y con las miradas de la mitad de los tripulantes acediándome.
Lo vi parado, solitario y en desafiante actitud ante el morbo de todos los demás, y dije: ¿por qué no correrme a un lado para cederle un asiento? Me importa un bledo lo que vayan a pensar los que me rodean -de seguro la crema innata de la sociedad-; ¡yo quiero hacerlo!
Y justo, al instante todas las miradas se revirtieron hacia -ahora- nuestro asiento. ¡Qué me estorban ciertas personas en este país! Y, créanme, que en este caso no era el que estaba a mi lado sino los que miraban discriminándome, o mejor dicho, discriminándonos, lo que me estorbaban.
Me rebota la actitud de ciertga gente ignorante. Sinceramente, me estorban. ¿por qué no se hacen un bulto y se acomodan en otra parte, por ejemplo, en un época distante donde todavía sea la Igleia la que dictamine el orden en la sociedad (aparentemente reflejo del orden en el cielo... ¡A mí que me decomisen mi boleto de viaje ahí!) y el ambiente era oscuro y mohoso?
De todas las personas se puede algo aprender, como de ellos, que mantienen con tanto gallardía lo que son y lo que sienten que deben ser.
Por veces, siento que no solo vivo en un país donde coexisten dos países diferentes a la vez, un país de color blur y un país de color tortilla, sino también dos épocas diferentes, la época de "conmigo o contra mí" y la época de "Entre amigos".
¿Hasta cuando seremos libres y dejaremos de fijarnos en el color, la raza, el credo y todo lo demás que esta trillada frase dice y todos saben pero que pocos siguen? Por veces es bueno preguntárse qué tantos fantasmas y esquemas acarrea uno. Por veces es bueno depurar nuestra equipaje de viaje. Por veces es bueno caminar sin tanto equipaje.
domingo, 1 de julio de 2007
El tráfico de San Salvador
Un día de estos, después del trabajo, como a eso de las seis, me encontraba caminando por las afueras de metrocentro, sobre una acera por donde onduleantes hormigueaban cientos de personas alrededor mío. Yo andaba tranquilo, puedo decirlo. Pero no dejó de arrebatarme la atención el caos vehicular que a la par mía llameaba. Era tan estruendoso todo aquel candor, tanta la furia metálica desencadenada y la ansiedad en las pobres almas presas de tal estupor, entrelazadas todas cual maraña de serpientes en brutal pelea por el espacio y el poder, en la cueva que compone la grisásea bóveda de esta ciudad sangrienta. Cómo no, pensé, no les queda más que vociferar con sus fauces y sus bocinas. Ya entiendo porqué se me hacía tan macabro aquel espectáculo. Me sentía tan extraño a ellos, tan distante de la rabia que los enardecía, que por un momento se me aparecieron como animales enjaulados dementes y desesperados a punto del colpaso, con las órbitas de sus ojos trastabillando al igual que sus cuerpos enajenados. ¡Hay que soltarlos!, sorteé. Se tienen que soltar a sí mismos, más bien, y liberarse y sentirse libres al menos por unos instantes. Qué bien que ahora yo sepa relajarme.
Me robaron el celular
Ayer -jueves 26/06- salí del trabajo a las cinco en punto. La razón de ello era que quería llegar media hora después a la UCA para ver una obra de teatro, no que estuviera hastiado de mi trabajo. Pues bien, como actualmente estoy laborando en una institución que queda en las faldas del volcán -por no decir en sus ingles, de lo encummbrada que está-, a la hora antedicha me encontraba descendiendo la cuesta que la conecta con la civilización. Como es también la hora de salida de los obreros de unas construcciones aledañas que se están llevando a cabo -como si dicho coloso no se mantuviera activo todavía-, mi caminata fue acompasada por varias tripulaciones de trabajadores que también habían concluido su jornada y satisfechos se dirigían a la parada de buses. Hermoso espectáculo aquel se me hizo, acompañado de una ejemplar muestra de la fuerza laboral del país y con una amplia vista de San Salvador al frente copado de una bóveda de nubes grises. Excelente gratificación para toda una aburrida tarde ocupado en hacer una base de datos, medité.
No sabía lo que me esperaba. Mis exaltaciones a esos trabajadores explotados, verdadero motor de la economía, y a toda la fuerza laboral en general compuesta por personas sencillas y abnegadas, pronto se convertirían en injurias. Lo que en ese momento me hizo disfrutar de esa situación fue no saber que todos ellos también tomarían el bus que yo necesitaba abordar y que lo harían de una manera mucho más precipitada y brutal de lo que podía haber pensado. Lo que naturalmente me hizo esperar a que todos ellos subieran primero para, luego de cederle el paso a un par de señoras de avanzada edad que sufrieron la misma segregación que yo, finalmente proceder a abordar la unidad, con las complicaciones que un bus colmado de cristianos y un brazo inyesado suponen.
Mas no tuve mala fortuna. Pues al poco tiempo de acomodarme en un espacio vacío en la parte trasera del bus, en donde a nadie estorbara y nadie en su camino de salida me aprisionara contra una de las ventanillas..., una bondadosa señora me cedió su asiento. Era de esperarse: si tal cortesía iba a tomar lugar, ciertamente no iba a proceder de algún ejemplar de nuestro género, peor aún tomando en cuenta los presentes en aquel autobus. Pues bien, el punto es que pude tomar asiento y así no exponer mi integridad a los flagelos de los otros tripulantes ni mi codo a los empujones de los pasajeros salientes en su excabacion camino afuera. El bus se llenó tanto que aún el aire resultaba escaso. Pero no me podía quejar, pues era testigo de las calamidades que los de pie sufrían.
El mío se ubicaba sólo un par de asientos adelante de la puerta trasera de salida, por lo que no eran sino unos cuantos pasos los que me alejaban de la liberación cuando a mi destino arriváramos. Es fácil decirlo, pero la verdad fue que prácticamente tuve que desintegrarme para poder salir, y si en realidad no lo hice, así lo sentí, pues al componer afuera toda mi estructura de nuevo, me pareció que no contaba con todo lo que en un principio traía; algo de mí había quedado en ese trugulento éxodo. Yo pensé que solo habría sido mi buen humor, mi peinado y mi olor, pero: era otra cosa la que había extraviado entre mis compinches idolatrados.
Alguien había salido del trabajo y aún con todo lo extenuante que puede ser una jornada, ya sea en una obra de construcción o en cualquier otra labor, aún así, repito, tuvo la buena disposición de ver qué hurtaba en su camino de regreso a casa. Yo fui la víctima y mi celular, el secuestrado. Solo que en este secuestro no hubo negociación ni nada; de hecho, ni siquiera sentí en qué momento me lo quitaron; sólo sé en qué lapso de tiempo sucedió el atracó. Mis más sinceras felicitaciones al responsable de esta proeza: salir del trabajo cansado pero aún con la idea en mente, no de regresar a descansar en paz a casa, sino de ver qué daño se le hace a la gente y de estar pendiente de qué nuevo regalo se puede agenciar, vía préstamos no autorizados. Mi más honesto reconocimiento: yo no sería capaz de eso. Reconozco lo que otros tienen y no yo, y éste sujeto ciertamente tiene una muy buena disposición de carácter, para dedicar horas extras a esta estrategia de segundo ingreso y para además hacerlo enfrente de sus demás compañeros. Repito, mis respetos; además, no se puede sino elogiar semejante destreza en la vista y las manos; tal talento no es de cualquiera; seguramente requiere años de práctica.
Mi celular fue robado, sutil e intrepidamente robado. No deja de asombrarme la destreza del asaltante. Quisiera poder tener un video capturando sus movimientos para realmente poder disfrutarlo. No guardo ningún resentimiento. Me da pena por él, porque me tomé la molestia de bloquear no sólo el chip, sino que el celular en sí también, en base al número de serie del mismo y gracias a la tecnología GPS de la agencia telefónica. Por lo que dudo que pueda usarlo y aunque encuentre la manera de usarlo, de seguro tendrá que dar primero más vueltas que las que yo daré para sustituirlo. En todo caso podrá hacer uso de la función de Walkman, pero en el Memory Stick con que la misma funciona solo guardaba tres álbumes de Jack Johnson, cantautor del que dudo guste y siquiera conozca, con el agravante de que para cambiarlos por otro contenido, tendrá que conseguirse el cd de instalación y una computadora con una RAM suficiente para brindar una buena tasa de transferiencia y poder hacer correr el programa. Muy buena suerte, mi amigo! Recuerde nunca perder la paciencia.
Como les digo, no guardo ningún rencor. Aunque en aquel momento no pude evitar sentirme un poco afectado. Más que todo porque, tras todo esto, al final no pude llegar a tiempo a la obra de teatro por la que había planeado salir tan apresurado; peor aún, no llegué siquiera al lugar de la presentación, pues la lluvia me atrapó sin paraguas en mano y sin nadie que me diera rai con el suyo a mi lugar de destino. Tuve que pasar más o menos una hora y más o menos malhumorado viendo la lluvia caer bajo un techo. Creánme que, para entonces, no eran precisamente elogios los que les dedicaba al grupo de obreros (y al proletariado en general, por extensión de parte de mi frustración) que colmaron el bus en la parada a la que yo me aveciné, uno de quienes sin duda alguna habría sido el responsable de la perversa maniobra, por no haber más variedad de personas al momento del hecho. Pero fue gracias a ese momento de obligada relfexión lo que me hizo cambiar de parecer acerca de la situación.
A mí me encanta la lluvia; en serio, simple y sencillamente, la adoro. Tanto es así, que cuando se precipita una, dejo de hacer todo lo que estoy haciendo para dedicarme por completo a contemplarla, con mis ojos, con mi nariz, con mis oídos, con mi tacto y con mi ánimo también, que igual se ve sosegado como los otros sentidos. Me agrada y relaja tanto, que dispongo todos mi ser a disfrutarla, como cuando uno se entrega con todos los sentidos a la degustación de un buen plato y al poco rato se ve absorto en esta experiencia. Igual me pasa con la lluvia: cuando estoy entero allí por ella, se filtra a todo mi universo de significados y todo se ve renovado con respladesciente frescura.
Sin embargo, en esta ocasión no la disfrutaba, a pesar de estarnos envolviendo una formidable tormenta crepuescular. ¿Qué me pasa?, no pude evitar preguntarme. Esto no puede estar pasando; yo no puedo dejar que esto me pase, pensé. Dejarme amargar la vida solo por un simple hurto del cual ni siquiera me percaté sino hasta momentos más tarde. No puede ser; y dejar que este miserable incidente me prive de disfrutar las cosas que yo amo y de vivir mi vida con buen ánimo, todo por culpa de un insignificante lumpen que fragua su alegría en lo que le pueda quitar a los demás y no producir o procrear por sí mismo. ¡Jamás! Que se amargue él cuando haya pasado su agridulce, efímera, traicionera e ignomiosa victoria. Yo vivo de otras cosas. Como de la lluvia, por ejemplo.
Me relajé, me bien dispusé a disfrutar del aguacero y media vez éste pasó a descansar con una brisa, levanté mi ánimo y mi cuerpo y me dirigí a Del Arco, un barcito universitario aledaño. Pedí una cerveza y me senté en un bonita mesa a la par de una ventana, para disfrutar de las últimas gotas de agua que todavía se desplomaban. Así es como me debo de comportar y debo asimilarr las contrariedades que se me presenten, sentencié.
Luego, tuve una plática amistosa con alguien de por allí y me fui. Y en mi regresó a casa, a través de una autopista gélida y desolada, el autobus parecía patinar sobre hielo o danzar más bien, sorteando uno, dos, tres carros como quien menea sus caderas y gira y da elegantes vuelteratas al ritmo de una inspiradora melodia. He aquí la corona de mi triunfo, mi triunfo sobre la amargura y el pesimismo, alegremente reflexioné.
Por lo demás, ya he dejado de idealizar tanto a los que componen la base del motor de la economía salvadoreña; de verlos casi como santos trabajadores, ahora los considero simplemente trabajadores con ilusiones, necesidades y debilidades como todos los demás. A ver cómo nos la ingeniamos para convivir en paz.
No sabía lo que me esperaba. Mis exaltaciones a esos trabajadores explotados, verdadero motor de la economía, y a toda la fuerza laboral en general compuesta por personas sencillas y abnegadas, pronto se convertirían en injurias. Lo que en ese momento me hizo disfrutar de esa situación fue no saber que todos ellos también tomarían el bus que yo necesitaba abordar y que lo harían de una manera mucho más precipitada y brutal de lo que podía haber pensado. Lo que naturalmente me hizo esperar a que todos ellos subieran primero para, luego de cederle el paso a un par de señoras de avanzada edad que sufrieron la misma segregación que yo, finalmente proceder a abordar la unidad, con las complicaciones que un bus colmado de cristianos y un brazo inyesado suponen.
Mas no tuve mala fortuna. Pues al poco tiempo de acomodarme en un espacio vacío en la parte trasera del bus, en donde a nadie estorbara y nadie en su camino de salida me aprisionara contra una de las ventanillas..., una bondadosa señora me cedió su asiento. Era de esperarse: si tal cortesía iba a tomar lugar, ciertamente no iba a proceder de algún ejemplar de nuestro género, peor aún tomando en cuenta los presentes en aquel autobus. Pues bien, el punto es que pude tomar asiento y así no exponer mi integridad a los flagelos de los otros tripulantes ni mi codo a los empujones de los pasajeros salientes en su excabacion camino afuera. El bus se llenó tanto que aún el aire resultaba escaso. Pero no me podía quejar, pues era testigo de las calamidades que los de pie sufrían.
El mío se ubicaba sólo un par de asientos adelante de la puerta trasera de salida, por lo que no eran sino unos cuantos pasos los que me alejaban de la liberación cuando a mi destino arriváramos. Es fácil decirlo, pero la verdad fue que prácticamente tuve que desintegrarme para poder salir, y si en realidad no lo hice, así lo sentí, pues al componer afuera toda mi estructura de nuevo, me pareció que no contaba con todo lo que en un principio traía; algo de mí había quedado en ese trugulento éxodo. Yo pensé que solo habría sido mi buen humor, mi peinado y mi olor, pero: era otra cosa la que había extraviado entre mis compinches idolatrados.
Alguien había salido del trabajo y aún con todo lo extenuante que puede ser una jornada, ya sea en una obra de construcción o en cualquier otra labor, aún así, repito, tuvo la buena disposición de ver qué hurtaba en su camino de regreso a casa. Yo fui la víctima y mi celular, el secuestrado. Solo que en este secuestro no hubo negociación ni nada; de hecho, ni siquiera sentí en qué momento me lo quitaron; sólo sé en qué lapso de tiempo sucedió el atracó. Mis más sinceras felicitaciones al responsable de esta proeza: salir del trabajo cansado pero aún con la idea en mente, no de regresar a descansar en paz a casa, sino de ver qué daño se le hace a la gente y de estar pendiente de qué nuevo regalo se puede agenciar, vía préstamos no autorizados. Mi más honesto reconocimiento: yo no sería capaz de eso. Reconozco lo que otros tienen y no yo, y éste sujeto ciertamente tiene una muy buena disposición de carácter, para dedicar horas extras a esta estrategia de segundo ingreso y para además hacerlo enfrente de sus demás compañeros. Repito, mis respetos; además, no se puede sino elogiar semejante destreza en la vista y las manos; tal talento no es de cualquiera; seguramente requiere años de práctica.
Mi celular fue robado, sutil e intrepidamente robado. No deja de asombrarme la destreza del asaltante. Quisiera poder tener un video capturando sus movimientos para realmente poder disfrutarlo. No guardo ningún resentimiento. Me da pena por él, porque me tomé la molestia de bloquear no sólo el chip, sino que el celular en sí también, en base al número de serie del mismo y gracias a la tecnología GPS de la agencia telefónica. Por lo que dudo que pueda usarlo y aunque encuentre la manera de usarlo, de seguro tendrá que dar primero más vueltas que las que yo daré para sustituirlo. En todo caso podrá hacer uso de la función de Walkman, pero en el Memory Stick con que la misma funciona solo guardaba tres álbumes de Jack Johnson, cantautor del que dudo guste y siquiera conozca, con el agravante de que para cambiarlos por otro contenido, tendrá que conseguirse el cd de instalación y una computadora con una RAM suficiente para brindar una buena tasa de transferiencia y poder hacer correr el programa. Muy buena suerte, mi amigo! Recuerde nunca perder la paciencia.
Como les digo, no guardo ningún rencor. Aunque en aquel momento no pude evitar sentirme un poco afectado. Más que todo porque, tras todo esto, al final no pude llegar a tiempo a la obra de teatro por la que había planeado salir tan apresurado; peor aún, no llegué siquiera al lugar de la presentación, pues la lluvia me atrapó sin paraguas en mano y sin nadie que me diera rai con el suyo a mi lugar de destino. Tuve que pasar más o menos una hora y más o menos malhumorado viendo la lluvia caer bajo un techo. Creánme que, para entonces, no eran precisamente elogios los que les dedicaba al grupo de obreros (y al proletariado en general, por extensión de parte de mi frustración) que colmaron el bus en la parada a la que yo me aveciné, uno de quienes sin duda alguna habría sido el responsable de la perversa maniobra, por no haber más variedad de personas al momento del hecho. Pero fue gracias a ese momento de obligada relfexión lo que me hizo cambiar de parecer acerca de la situación.
A mí me encanta la lluvia; en serio, simple y sencillamente, la adoro. Tanto es así, que cuando se precipita una, dejo de hacer todo lo que estoy haciendo para dedicarme por completo a contemplarla, con mis ojos, con mi nariz, con mis oídos, con mi tacto y con mi ánimo también, que igual se ve sosegado como los otros sentidos. Me agrada y relaja tanto, que dispongo todos mi ser a disfrutarla, como cuando uno se entrega con todos los sentidos a la degustación de un buen plato y al poco rato se ve absorto en esta experiencia. Igual me pasa con la lluvia: cuando estoy entero allí por ella, se filtra a todo mi universo de significados y todo se ve renovado con respladesciente frescura.
Sin embargo, en esta ocasión no la disfrutaba, a pesar de estarnos envolviendo una formidable tormenta crepuescular. ¿Qué me pasa?, no pude evitar preguntarme. Esto no puede estar pasando; yo no puedo dejar que esto me pase, pensé. Dejarme amargar la vida solo por un simple hurto del cual ni siquiera me percaté sino hasta momentos más tarde. No puede ser; y dejar que este miserable incidente me prive de disfrutar las cosas que yo amo y de vivir mi vida con buen ánimo, todo por culpa de un insignificante lumpen que fragua su alegría en lo que le pueda quitar a los demás y no producir o procrear por sí mismo. ¡Jamás! Que se amargue él cuando haya pasado su agridulce, efímera, traicionera e ignomiosa victoria. Yo vivo de otras cosas. Como de la lluvia, por ejemplo.
Me relajé, me bien dispusé a disfrutar del aguacero y media vez éste pasó a descansar con una brisa, levanté mi ánimo y mi cuerpo y me dirigí a Del Arco, un barcito universitario aledaño. Pedí una cerveza y me senté en un bonita mesa a la par de una ventana, para disfrutar de las últimas gotas de agua que todavía se desplomaban. Así es como me debo de comportar y debo asimilarr las contrariedades que se me presenten, sentencié.
Luego, tuve una plática amistosa con alguien de por allí y me fui. Y en mi regresó a casa, a través de una autopista gélida y desolada, el autobus parecía patinar sobre hielo o danzar más bien, sorteando uno, dos, tres carros como quien menea sus caderas y gira y da elegantes vuelteratas al ritmo de una inspiradora melodia. He aquí la corona de mi triunfo, mi triunfo sobre la amargura y el pesimismo, alegremente reflexioné.
Por lo demás, ya he dejado de idealizar tanto a los que componen la base del motor de la economía salvadoreña; de verlos casi como santos trabajadores, ahora los considero simplemente trabajadores con ilusiones, necesidades y debilidades como todos los demás. A ver cómo nos la ingeniamos para convivir en paz.
jueves, 21 de junio de 2007
Como buen fanático de The Dave Matthews Band

Al fin se escucha una voz honesta en el mundo de la música. Y de qué espíritu más bello procede… Sencillo, humilde, humano son algunas de las cualidades que provoca designarle. Él es de esas personas que precisamente por saberse y querer ser considerado como un simple ser humano más, sobresalen de entre todos los demás. Se trata de Dave Matthews, líder vocalista de The Dave Matthews Band.
Pero, ¿por qué me agrada tanto su música? No lo sé con exactitud. Puede que sea uno, puede que sean varios los factores que me hacen gozarla. De pronto es la variedad de ritmos y tópicos lo que me atrapa; o tal vez sea esa raigambre Folk Rock que atraviesa toda su música lo que realmente me toca; o bien puede ser la elaborada dimensión instrumental de sus composiciones lo que capta mi interés. El punto es que disfruto mucho de sus discos y presentaciones.
No obstante todas las observaciones anteriores, creo que una de las cosas que realmente admiro de la música de esta banda es el hecho de que sus letras expresan meras experiencias personales y no busquen teorizar sobre la vida en general ni encontrar la fórmula mágica para la alquimia; simple y sencillamente, plasman situaciones reales de personas reales en contextos reales, sin quererlo oscurecer ni embellecer más allá de lo que realmente fue. Se me hace a como si tuvieran un código de disciplina que les impusiera que si no se trata de una experiencia propia, de un sentimiento único, que no van a buscar generalizar para toda la humanidad, entonces no serán permitidos como letras ni como ritmo de su música. Eso es lo que tanto me agrada de su arte: que no es prescriptivo, sino descriptivo, esto es, religiosamente descriptivo.
Ellos me han enseñado que embebiéndose en lo poco, se deja de tener sed de lo mucho, de lo mucho en su calidad de demasiado.
Aparte de eso, esta bando además tiene un mérito especial: de alguna u otra manera, su música se escucha mejor en vivo que grabada en estudio. De pocos grupos se puede decir eso. La mayoría necesita del estudio de grabación y de un editor para poder presentar algo de valor. Sucede todo lo contrario con The Dave Matthews Band: Parece que tocar en vivo y enfrente de un público les libera de la rigidez a que están sometidos en el estudio, dándoles la libertad para saltar con alegría de acorde en acorde, sin tener que seguirlos cual pasos de marcha militar. Sus notas están hechas para ser tocadas al calor de las masas y no bajo el frío aire acondicionado de una oscuro cuarto.
Por lo demás, sobra decir que es en la espontaneidad donde deslumbran destellos de genialidad los maestros, más que siguiendo una gélida cuartilla.
¡Y qué forma de interpretar sobre el escenario! A la izquierda, Stefan, con su sensual bajo; a un lado de él, LeRoi, con su resplandeciente saxofón, siempre haragán y meloso; luego, a la diestra, tenemos a Boyd y un eléctrico violín bajo su quijada, siguiendo la curvatura de su cuello y apoyado en un esquina de su hombro. Atrás de todos ellos, Carter, escondido tras una pirámide de tambores y platillos que más bien lo hacen parecer a un niño jugando entre las ramas de un árbol de frutos dorados, y, finalmente, Dave Matthews, parado al frente, sosteniendo una guitarra que casi pasa por ser su pecho ensanchado. ¡Y música y armonía a todo lo alrededor! Del público, no es necesario hablar, pues creo que igual tocarían frente a una audiencia de millones de personas que ante una reserva forestal repleta de árboles.
Una foto de Dave Matthews Band se asemeja a un arco iris crepuscular, con varios tonos de colores. Así lucen los miembros de este grupo: cada uno muy diferente a todos los demás pero formando en conjunto un hermoso cuadro. Como ese cuadro quiero que luzca la foto que se tomen mis amigos de verdad junto a mi ataúd en mi funeral: compuesta por personas de todos los colores y sabores…, razas, credos y convicciones. Sólo así dormiré en paz, sólo así podrán decir que en vida fui feliz. De ahí que me guste tanto esta banda, pues refleja una ideología que yo busca encarnar en mi vida. Multiperspectivismo. Multiculturalismo. Multivivencialismo.
Pero, ¿por qué me agrada tanto su música? No lo sé con exactitud. Puede que sea uno, puede que sean varios los factores que me hacen gozarla. De pronto es la variedad de ritmos y tópicos lo que me atrapa; o tal vez sea esa raigambre Folk Rock que atraviesa toda su música lo que realmente me toca; o bien puede ser la elaborada dimensión instrumental de sus composiciones lo que capta mi interés. El punto es que disfruto mucho de sus discos y presentaciones.
No obstante todas las observaciones anteriores, creo que una de las cosas que realmente admiro de la música de esta banda es el hecho de que sus letras expresan meras experiencias personales y no busquen teorizar sobre la vida en general ni encontrar la fórmula mágica para la alquimia; simple y sencillamente, plasman situaciones reales de personas reales en contextos reales, sin quererlo oscurecer ni embellecer más allá de lo que realmente fue. Se me hace a como si tuvieran un código de disciplina que les impusiera que si no se trata de una experiencia propia, de un sentimiento único, que no van a buscar generalizar para toda la humanidad, entonces no serán permitidos como letras ni como ritmo de su música. Eso es lo que tanto me agrada de su arte: que no es prescriptivo, sino descriptivo, esto es, religiosamente descriptivo.
Ellos me han enseñado que embebiéndose en lo poco, se deja de tener sed de lo mucho, de lo mucho en su calidad de demasiado.
Aparte de eso, esta bando además tiene un mérito especial: de alguna u otra manera, su música se escucha mejor en vivo que grabada en estudio. De pocos grupos se puede decir eso. La mayoría necesita del estudio de grabación y de un editor para poder presentar algo de valor. Sucede todo lo contrario con The Dave Matthews Band: Parece que tocar en vivo y enfrente de un público les libera de la rigidez a que están sometidos en el estudio, dándoles la libertad para saltar con alegría de acorde en acorde, sin tener que seguirlos cual pasos de marcha militar. Sus notas están hechas para ser tocadas al calor de las masas y no bajo el frío aire acondicionado de una oscuro cuarto.
Por lo demás, sobra decir que es en la espontaneidad donde deslumbran destellos de genialidad los maestros, más que siguiendo una gélida cuartilla.
¡Y qué forma de interpretar sobre el escenario! A la izquierda, Stefan, con su sensual bajo; a un lado de él, LeRoi, con su resplandeciente saxofón, siempre haragán y meloso; luego, a la diestra, tenemos a Boyd y un eléctrico violín bajo su quijada, siguiendo la curvatura de su cuello y apoyado en un esquina de su hombro. Atrás de todos ellos, Carter, escondido tras una pirámide de tambores y platillos que más bien lo hacen parecer a un niño jugando entre las ramas de un árbol de frutos dorados, y, finalmente, Dave Matthews, parado al frente, sosteniendo una guitarra que casi pasa por ser su pecho ensanchado. ¡Y música y armonía a todo lo alrededor! Del público, no es necesario hablar, pues creo que igual tocarían frente a una audiencia de millones de personas que ante una reserva forestal repleta de árboles.
Una foto de Dave Matthews Band se asemeja a un arco iris crepuscular, con varios tonos de colores. Así lucen los miembros de este grupo: cada uno muy diferente a todos los demás pero formando en conjunto un hermoso cuadro. Como ese cuadro quiero que luzca la foto que se tomen mis amigos de verdad junto a mi ataúd en mi funeral: compuesta por personas de todos los colores y sabores…, razas, credos y convicciones. Sólo así dormiré en paz, sólo así podrán decir que en vida fui feliz. De ahí que me guste tanto esta banda, pues refleja una ideología que yo busca encarnar en mi vida. Multiperspectivismo. Multiculturalismo. Multivivencialismo.
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