Me gusta mi trabajo. Pero no tanto como para quedarme en la oficina para almorzar. Media vez tengo la oportunidad de salir de mi tugurio, no la desaprovecho. Más aún cuando ya he pasado unas cuantas horas laborando.
Bajo del peldaño encrespado en que se encuentra mi lugar de trabajo a buscar un buen plato de comida qué degustar. La comida rápida solo la soporto una vez por semana, y como por los alrededores no hay mayor oferta culinaria, de antemano salgo con la idea de buscar un buen comedor popular. Además, mis arcas financieras no me dan para más…
Pregunto qué hay de comer, pido un plato y tomo asiento. Nada raro hasta ahí, ¿eh? Más bien aburrido y ordinario suena todo esto, ¿no? Pero es que no fueron como yo testigos de todo el despliegue logístico y operativo que en aquel pequeño comedor se desarrollaba.
Antes que nada, permítaseme aclarar que no se trata de un espacio de más de 4 x 4 metros con el que el mismo contaba. A pesar de haberlo visto con mis propios ojos, todavía no me figuro cómo en ese pequeño negocio hicieron caber dos mesas anchas para comer, una cocina a la par de una plancha para echar tortillas, luego también un refrigerador y estantes a todo lo alrededor forrando las dos paredes hábiles de aquella champita, que al lado poniente contaba con una amplia ventana para dejar escapar el humo de la plancha y en el norte, con una puerta a modo de portón con la que se abría o clausuraba todo el acceso por ese lado.
El comedorcito, todo arrejuntado y comprimido cual cesta de ropa sucia sobrecargada, era dirigido por una hermosa doña de amplias caderas y espalda corpulenta; gordita y colorida cual una artesanía de La Palma; alegre y lúcida como una sabia abuelita; tenaz y fuerte como un roble. Toda una fortaleza humana, una verdadera pirámide de cualidades, con jeroglíficos y tesoros pintados y colgando de un delantal, toda ella coronada por una cabecita chiquita y redonda, alisada por una frente llana y un pelo de riachuelo enmarañado por atrás, que cual esfinge parece no cansarse de mirar de frente al sol y a la luna.
Pues bien, esta bella señora, modelo perdida de Gotero, era todo un pulpo mental. A la vez que estaba pendiente de que se friera bien el pollo empanizado, no se le escapaba de la atención de que Don Luis quería un vaso más de fresco, pero sin dejar de escuchar de que el antojo del aquel otro exigía un poco de más sal para su gozo, todo mientras empacaba unos pedidos para llevar, sin descuidar de que a cada uno le faltara sus respectivas tortillas, y de que a Carmen no le pusieran ensalada y de que Jorge quería una porción extra de queso, y, claro está, restregándose las manos de vez en cuando en su infinito delantal para cobrar. Si no fuera por un par de gotas de sudor que se corretean por sus sienes, nadie notaría todo el ajetreo logístico que está bajo su mando.
Qué serenidad en medio del caos; qué porte frente a la urgencia; qué chispa para despachar tantos pendientes.
Ver desenvolverse a esa señora me ha sorprendido más de lo que pudiera hacerlo alguien que consiga un millonario convenio, u otro que coordine un magno evento, o aquel que gestione un tratado comercial de amplio alcance.
Es increíble la creatividad que el salvadoreño demuestra para sacar adelante sus iniciativas económicas, sus diminutos negocios de acera y esquina, sus puestesitos a la vuelta de las oficinas y sus cestos con maravillas escondidas. No en cualquier país se ve transformar un simple paso peatonal en el sustento de toda una familia abandonada por un cínico y libidinoso machista. Tortilla a tortilla, pupusa a pupusa y mango por mango, estas increíbles doñas han sido por años las hadas madrinas de miles de muchachos y muchachas que ahora son buenos ciudadanos y profesionales.
Son las reinas de la abstinencia; son las reinas de la dedicación; son las reinas de la superación; son las reinas de mi corazón.
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