lunes, 4 de junio de 2007
Mi voluntariado con tortugas marinas en el caribe de Costa Rica
Después de cursar una Licenciatura en Filosofía, y no sólo cursarla como quien pasa de la entrada de la universidad y por los pasillos de “mera pasada” y solo para llegar a la salida, sino verdaderamente dedicado a aprender y entender de lo que se trataba, terminé exhausto, desgastado y hastiado, como quien quisiera huir de un lugar para nunca más volver, pero inconscientemente sabiendo que, tarde o temprano, tendrá que volver, acudiendo al llamado de las muchas experiencias vividas allí y que claman cual fantasmas por su responsable. Luego también está el que el claustro universitario signifique para uno el reflejo en acero y concreto de los cimientos de conocimiento que allí fuimos edificando ya conscientemente por primera vez. ¿Cómo no volver de visita de regreso al nido cuando se está disfrutando tanto el vuelo? Pero el caso es que terminé harto de todo eso, sin tener en concreto muchas ideas al respecto. Solo escuchaba la llamada del viento que me exigía seguirle de inmediato sin pensarlo demasiado. Confié en mi naturaleza. Me fui.
El caribe costarricense fue el destino que los vientos del oeste me tenían preparado; lugar paradisíaco y diverso cual sólo el alcance de la imaginación del Creador podría lograrlo el que me esperaba. A cualquier momento la Naturaleza te deslumbraba con una genial creación. Por allá realmente se siente el cobijo del medio ambiente, suave y tierno, pero violento y virulento a la vez. ¡Qué ganas de tener un buen cuerpo para asemejarse a todo a lo que alrededor uno ve! ¡Qué ganas de quitarse la camina y salir a correr! ¡Quisiera poder despertar yo siempre con esos amaneceres, que cual susurro de una madre cariñosa, te preparan para pasar el día con la calma necesaria! Y yo que hasta por momentos pensé que era un hombre de ciudad… Simple y sencillamente, no sabía lo que la vida podría ofrecer.
Finalmente, pude pasar unos días con calma sin la presión de nada. Me hacía falta tanto unas caminatas, un tiempo para nada, un rato en el mar y entre las olas, con sólo el cielo, celeste cielo, en mis ojos y en mi mente. ¡Y qué bien me hizo!; en pocas palabras, me ancló a mi mismo. Que el smoke de la ciudad puede echarte a volar lejos de tu yo esencial. En mi caso en particular, había una voz que desde lo profundo me estaba llamado ya desde hace rato. ¡Qué curioso que me haya tenido que ir lejos de todo lo mío y de todos mis seres amados para volver a encontrarme conmigo mismo! Cualquiera podría pensar que la mejor forma de regresar a uno mismo es en la casa y en el lugar de costumbre de uno. Supongo que hay una diferencia entre casa y hogar, y que el lugar en donde se trabaja y descansa, no es necesariamente el hogar de uno. Cuestión bastante probable cual tu lugar de descanso y trabajo es San Salvador y el lugar donde te sientes en paz y en hogar, la playa. ¡Y a la playa fui yo!
Ahora bien, no todo era playa y cielo. No hay que olvidar que era un campamento a lo que fui . Al cual, como tal, no le hacía falta nada. Muchos días de trabajo duro desfilaron, es cierto; pero también muchas satisfacciones tras ellos acudieron, debo acpetar. Con todo lo que pasó, más todo lo demás que ahora me he enterado que ha pasado, creo que mi ciclo allá fue completado. Hasta hace poco caí en la cuenta de eso. ¡Qué buenas vacaciones fueron!
Aprendí mucho, reaprendí mucho, desamprendí mucho, comprendí mucho. Lo que antes me parecía nimio, ahora me parece atractivo y vital. De pequeñas cosas me ocupé allá, de pequeñas cosas quiero ahora mi vida llenar. Porque es con esas pequeñas cosas que se construye una vida, porque es con esas pequeñas cosas que se estira mi sonrisa. ¡Siempre las había disfrutado! ¡¿Por qué las había olvidado?! Un poco de cocina, un poco de carpintería, un poco de fontanería y hasta un poco de pesca. Volví a limpiar, a recoger, a llevar y a traer. ¡¿Qué mejor que eso para que lo básico de uno vuelva de nuevo a la vida?! Haber dejado a un lado el lapicero me ha ayudado como nunca lo hubiera imaginado. Hasta mi don de gentes ha aumentado. ¿Cómo no? Haciendo todos lo mismo, todos te valoraban por lo que eras y no por lo que hacías. ¡Qué buen ambiente aquel era!
Traté de ser amigo. Hice amistades, buenas amistades. Gente que, si viviera cerca de donde mí, definitivamente saliera con ellos y ellas, y disfrutaríamos juntos de buenos momentos. Se me hizo increíble que con personas de tan alejadas latitudes, uno se las pudiera llevar tan bien y compartir tantas coincidencias; algunas mutuas experiencias parecían réplicas. Algo me ha quedado claro: entre cervezas todo parece ser igual y similar. Ojala tomara el mundo tomara más cerveza, si con ella se borraran los colores de nuestras pupilas. Más cerveza, menos religión y razón. ¿Quién se une a nosotros?
Hay que admitir que el inglés es un gran idioma, desde que es capaz de acercar a seres tan aparentemente distantes. A los “anti – yanqui” les diría que lo tomen solo como un medio, que el fin es sonreír. Nunca me imaginé sonreír entre razas tan disimilares y en un lugar tan deslumbrante. ¡Magnífico amanecer aquél que entre ellos observé!, que me hizo sentir que todo aquello era mío y que yo era uno más de ellos. ¡Qué buen momento!
Quisiera volver a verlos; quisiera tenerlos siempre presentes. A ellos y a mis amiguitas verdes; tan inmensas, pero tan simpáticas también; con tanta fuerza, pero llenas de tanta bondad y nobleza. ¡Quisiera ser como ellas!, que para todo se toman el tiempo que desean. ¡Que tranquilidad! ¡Qué seguridad! ¡Qué ejemplo! ¡Qué lección! ¡Qué reprensión! ¡Ay, yo! Que siempre ando apurado de un lugar para otro, de un día para otro: Hala el freno de mano, ¡por favor!, y echa un vistazo a tu alrededor, y porqué no, a tu interior. Tranquilidad y espacio, para el disfrute y la contemplación. Me parece que, para vivir mejor, caminar despacio a mí me resulta mejor que caminar rápido.
Increíbles. Las tortugas eran simple y sencillamente increíbles. Parecieran llevar toda la sabiduría de la naturaleza en sí. ¿Quién no quisiera un poco de ellas? ¿Quién no quisiera estar con ellas? Me sentía afortunado de, en cada ocasión que tenía, poder tocarlas. Era como tocar a la Madre Naturaleza, en su plena desnudez. ¿Cuántos pueden llegar a ese grado de intimidad con la Máxima Entidad? ¡Claro que uno sale regenerado! Es como haberse empapado en un manantial de agua en el mismo centro del mundo. ¡Qué manera de exfoliarse espiritualmente!
¡Qué tortugas más simpáticas! ¡Y qué playa tan bonita, también! ¡Caribe, que hermoso y majestuoso eres! Imagínense esto, no más: Caminar todas las noches a la par de la mar, con los dedos de los pies hundiéndose entre la arena de la playa, con un rugir de olas tempestuoso al fondo y la luz de la luna y las estrellas tenuamente alumbrándolo todo; y por si todo esto fuera poco, a la par de una chica y con una buena conversación para cada día. Me parecía un sueño, que ya había soñado pero no vivido todavía. Por veces llovía y soplaba el viento tal vez desde el centro del océano, y todo aquello se me hacía un cuadro que estaba siendo pincelado en vivo y a mano alzada en aquel mismo momento. Al día siguiente, los frutos de esa furia artística nocturna brotaban, sonreían y brillaban, y todo circundante estaba ahora reacomodado y rediseñado de mejor manera que ayer. Así era cuidado aquel hermoso jardín. La Naturaleza, sin querer ser perfecta en lo poco, termina siendo impecable en lo mucho, en el todo; excepto en algunos de nosotros… Al fin y al cabo, en algún lado tenía que tirar los desechos.
¡Qué brisa, por Dios, qué brisa! Claro, ya decía yo, que no era por nada que la Unión Europea financiara a este país para que conservara su naturaleza. ¡Qué brisa más rica! Quisiera leerme todos los libros que tengo que leerme en esta vida con la caricia de ella. Había por allí una tarima, de unos seis metros de altura, o lo que fuera pero se elevaba justo lo suficiente. Te podías subir en ella, y estando arriba, acostarte. Boca arriba, entendías porqué le dicen azul a este planeta; boca abajo, en diagonal de vértice a vértice, con la quijada apoyada en el término de una de las esquinas y, si la timidez no te lo impedía, con los brazos totalmente abiertos, sentías volar sobre la arena, el océano…, la vida misma Esa magnífica brisa se sentía como mil rosas acariciándote tierna y juguetonamente la cara y aromatizándote el alma. Quiero hacer el amor en esa tarima, a la luz de la vida.
Caminé; caminé mucho; para allá, para acá, para todos lados, pero yendo hacía ningún lado. Cuando uno no planea a dónde va, es cuando precisamente mejor encuentra uno su lugar. Quisiera poder caminar así en mi ciudad, donde en todo momento tengo que vigilar por quién viene atrás. Caminar sin reloj alguno ni rumbo, solo por el placer de caminar. Que los pensamientos fluyen mejor cuando nuestra sangre corre mejor. Que el cuerpo se siente mejor cuando no hay distinción entre lo que uno es y lo que está a su alrededor. Sólo uno más. Algo más, tal como una planta o una rama más. Ser parte de todo, estando al desnudo y dejando de ser uno mismo. Sensación de compenetración y liberación al unísolo.
Pero no olvidemos que de lo que se trataba era de las tortugas; no de nosotros, sino de ellas, aunque claro, al final, trabajar para ellas nos terminaba ayudando a nosotros. Puedo decir que éramos un “nosotros” porque, después de todo, era una única misión lo que nos había juntado a todos. Y eso se echado de ver en las noches, en esas largas caminatas que sin aliento ni piernas te dejaban, cuando parecía que la arena te quería tragar de tanto que se hundían las plantas de tus zapatos y de la nada aparecía una mano amiga que te ofrecía su ayuda: ¡Compañeros del otro proyecto! ¡Curioso, realmente no se dedicaban solo a tomar cerveza y jugar a las cartas! Entonces, todo eso se aparecía como un mero pasatiempo para hacer correr las horas y esperar lo que realmente les apasionaba, nos apasionaba: trabajar con y por las tortugas. Claro, un cigarro y una cerveza después del trabajo les era necesario. ¡Muy buena visión de la vida, muy buena rutina! No tomarse las cosas muy en serio, ni siquiera el trabajo, sin dejar de ser, eso sí, responsable, cuando toque hacerlo. ¡Sudar!, pero también saber bailar. Eso fue lo que hice allá: Trabajé mucho, pero disfruté también mucho. Me prometí intentar recordar esto cuando regresará a casa, que por veces, el estrés del trabajo a uno lo hace olvidar el respirar.
¿Qué aprendí de las tortugas? Mucho. Es tan bueno lo que me enseñaron, que no se los puedo repetir; no lo puedo decir. Uds. mismo lo tienen que vivir. Pero por lo demás, puedo decir que aprendí que aprendí que…
1. Que se puede ser fuerte y noble a la vez; es más, que para ser noble hay que ser fuerte;
2. Que en las tareas más simples de la vida, es donde uno más demuestra su magia y arte;
3. Que uno se debe tomar su tiempo para hacer sus cosas;
4. Que en las responsabilidades que tiene uno, lo tenemos que dar todo de nosotros mismos, pero que luego también, tenemos que saber nadar (bailar);
5. Que para sobrevivir, uno tiene que ser fuerte y decidido;
6. Que la vida es pura energía;
7. Que si uno sigue sus instintos y respeta sus ciclos, todo nuestro ser y hacer se llena de sabiduría;
8. Que no hay nada mejor que salir en la noche a la playa a hacer algo relacionado con la reproducción, aunque se quede en un mero intento;
9. Que las tortugas no salen del océano a deshuevar a la playa cuando está lloviendo porque no les gusta mojarse!
10. Que necesito de ellas y de la Naturaleza para sentirme bien, realmente bien.
El punto es que me agradaron y me gustaron.
También me gusto y agradó Costa Rica, de nuevo. Es una país muy cómodo para “turistear”; hermoso por demás; seguro como pocos y con muchas muchachas guapas como más pocos aún. La vista es plácida en lo humano y en lo natural. De una u otra manera, viajar me abre la mente y me hace ver las cosas desde nuevas y diferentes perspectivas. Lo cual se me hace necesario para seguir ese otro (¿duro?) viaje, sin boleto de regreso, dicen muchos. Pero sí que con paradas y estaciones de descanso a cada tanto, que como digo, me son necesarios para apreciar el camino recorrido y decidir cuál es el mejor a recorrer. He regresado a casa y he desempacado mi maleta, y la última lección que entonces se me figuró, fue que no necesito cargar con tanta maleta para estar tranquilo. Con pocas cosas puedo hacerme camino. Eso sí, necesito de música y un par de libros. Todo lo demás, ya se verá.
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